“Where black is the color, where none is the number”.
A Hard Rain’s A-Gonna Fall. Bob Dylan.
Oh, déjame contarte una historia de coleccionistas.
El negro es el único color que sienta bien cuando todo lo demás se cae a trozos, como lepra o un virus indefinido. El negro es el mejor color para llevar el domingo. Y el negro es también el único color que no podemos falsear en pintura. De hecho, está prohibido. Verboten.
Me falta técnica y me sobra histeria en la cama.
Me racionaba los regalos. Se empeñó en enseñarme a bailar. Cada domingo me enviaba un disco de Bob Dylan envuelto en papel de regalo marrón. Como una carpeta de psicólogo, de esas marrones, archivadores.
El hombre era un coleccionista. Todo estaba registrado en una carpeta, un file folder (dilo con el tono más americano que tengas. Americano de Baltimore, just to name something, someone) con número y color. Pero el traje de chaqueta es negro, lo más elegante para sobrellevar la espera.
Sixteen years! -irrumpe Bob con el nuevo track. Todo ensangrentado, denso, lleno de acotaciones, poesía y listo para versionar. Mi amante era un coleccionista. Esos tipos. Tal como supe después, son maniáticos, torpes y traumatizados por algún golpe en la cabeza que les propinó su mamá en la infancia, criaturas berreantes llenas de mocos, Mummy issues.
Todos los domingos quedábamos en su estudio después del trabajo.
El color es negro y el número es el cero.
Se empeñó en enseñarme historia de la música. Es verano de 2008 y comíamos en la cafetería de N y después caminábamos los kilómetros que hubiera hasta su casa. A veces cogíamos el metro si teníamos prisa. Prisa para qué, prisa para qué si tengo la camisa blanca y el alma negra, prisa para qué con un coleccionista.
O let me tell you. Let me pull the trigga’…
Me hacía listas de libros y discos. Lo guardaba en un pen drive y me lo llevaba a casa. Alumna aplicada. Hay que desasnarte. Y yo decía, sí. Sí. Por favor.
Las estrofas de Bob transcurren como la tarde de noviembre. Lenta, cargada como un guiso aceitoso. Yo fumaba y bebía vodka sin nada por eso de Dostoievski. O Emir Kusturica. El Este es lo mismo cien kilómetros arriba o abajo. Chica dura.
La estancia se volvía cada vez más espesa. Los personajes desfilaban uno tras otro, tal como sucede con Nick Cave, y yo no conocía más que a tres personas en el trabajo. En una sola página del CD de Bob the best of había más vida social y tragedias de puticlub que en diez años de mi vida. Por no hablar de la vida de mi amante, coleccionista de experiencias musicales.
Mr Collector odiaba las reuniones, las drogas, beber café y comer en restaurantes, caros o baratos, todos eran la misma mierda con las manos sin lavar. No soportaba las bibliotecas porque los libros manoseados con manchas sospechosas le producían arcadas. Por descontado, nunca viajaba, y si alguna vez tuvo que hospedarse en un hotel, la vida le resultaba tan insoportable que prefería perder todos los trabajos, no comer nunca, mendigar y dormir veinte horas al día con tal de evitar la porquería del mundo.
Negro es el color y cero es el número.
Recuerdo un golpe, una ventana abierta que se cerró con la corriente. Una idea que se me cruzó por la mente, un recuerdo invasivo, una inspiración.
El disco que no sonaba. Olor a pescado frito en la escalera. Los vecinos del piso superior follaban, ella era prostituta. Lo sospechábamos porque colgaba mil tangas de leopardo a la semana en la cuerda del patio. Al otro lado de la valla, la gente bebía junto a la piscina cubierta por un plástico con hojas de castaño pudriéndose en charquitos de lluvia acumulada. El plástico azul y el numero era dos. Dos personas en el sofá jugando videojuegos.
A mí todo esto me hundía la vida. Estar sentados oyendo los jadeos de la de arriba. Parecía que la mataban, pero lentamente. Esa parsimonia fue lo que me dio la idea, la ráfaga oscura, la inspiración.
Mientras la vida se acumulaba en el plástico de la piscina, Bob Dylan desgranaba perla tras perla. Tangled up in blue. Recuerdo que tenía la boca seca y me levanté para beber agua. Comíamos caramelos de pimienta y canela, un regalo después de un viaje por trabajo a Italia, donde tuvo que pernoctar dos noches en el hotel y casi ni lo cuenta.
Viaje por trabajo. Amor por trabajo. Si no tiene utilidad algo, no lo hagas. Es perder el tiempo. La disciplina nos desasna. Los vagos de al lado le dan a los videojuegos, niños con pelos de adulto.
…
…
Continuará.
Work in progress.



Hermoso y Brillante Yolanda !!! Gracias por cada lectura y ésta junto a la música de Bob Dylan
No falla mi amig. Veía que la barra de desplazamiento llegaba al final y pensaba "nooo, no puede terminar acá", y al final qué aparece??? Continuará!!! Genia.