Los artistas más prometedores de su generación
Sarah se vistió como si fuera a salir, un outfit para entrar en un mood de creatividad. Se puso las medias negras, los zapatos de plataforma y la falda de raso negra como una campana, tan lisa que se clavaba en las caderas. Se colocó las gafitas; necesita gafas para pintar, la vista está hecha un asco por pintar con mala luz por las noches. Es tan bohemia que pintar de día, en horario de oficina, le parece algo barato, carente de inspiración. Haz lo contrario a lo que haga la masa.
El atelier está en obras. Las dos puertas de la terraza han sido arrancadas y se divisa el interior encalado desde la calle, los radiadores y los cables por el suelo. (No son cables, son mis esculturas). Hay árboles altos y delgados en el sendero que da a la galería-atelier. (¿Chopos? Soy una urbanita, no conozco el nombre de la flora local y mucho menos su fauna. Un gato es un gato, un perro es un perro y lo de más allá es un árbol alto y delgado, con flores, creo ver desde aquí… ¿y eso son pinchos? Perdón, soy miope y no veo un pijo y no tengo tiempo para esto).
Entras en el patio y notas el frescor. Debió ser una casa señorial. Estos espacios eran las cocheras, lugar para aparcar las calesas y los caballos o lo que fuera. La puerta es de hierro forjado, verja con púas y una pared de ladrillos rojos rodeando el edificio. El salón, la sala principal a modo octogonal con pasillos que salen de cada puerta en cada lado, dispone de luz natural que penetra a través de las claraboyas del techo.
Sólo se puede trabajar abajo, en el sótano, o piso -1. Aquí arriba se organiza la exposición colectiva, y presentan su obra Serena, Rodrigues y los demás. Si Román se asoma a un ala, hacia las antiguas cuadras, puede ver el espacio donde expone Sarah, relegada a este zulo. Cabronazo. Tanta pasión para acabar así.
¡Cómo puedes trabajar en este espacio!
No te agobies. Solo tienes que vestirte y beber copas de champán y mordisquear canapés de salmón, caviar de supermercado, y bocaditos de queso.
Sarah está ansiosa y bebe vodka con naranja desde que se levanta, después del café con soja. Está tan nerviosa, que sale al estrecho balcón de su habitación de hotel y bebe directamente de su petaca.
Bebe zumo de naranja y tragos de vodka, vitamina C ansiolítica directa al cerebro. Se tumba en el suelo y se queda alelada con esa paz que le proporciona el alcohol. Cuidar la columna, estirar la espalda…
Las alucinaciones del café se pasan con la calma de la vitamina C.
Puro México que se traga, sol embotellado directo al corazón. La lengua tiene un regusto a naranja y ese punto amargo del licor de patata. Flota en un océano luminoso como Dios.
Nadie sabe lo que pasó en México
Debería ser menos rubia, piensa mirando su reflejo, en la Opening night.
Serena es francesa, de piel tan blanca que su pelo amarillo resulta algo natural, no representa una falsedad, a pesar de su obra de mierda. Sarah, en contraste, tiene la piel demasiado morena para producir esas mechas rubias californianas fakes. Un quiero y no puedo de palidez caucásica. No es una vikinga. Sus proporciones romanas hablan por sí mismas. ¡Qué paranoia con el pelo platino!
Se desplaza por la sala sobre sus tacones de no-vikinga, dando sorbitos a su copa, como si le costara beber, como una dama.
Miento a todo el mundo porque soy débil. Así tan pintada parezco una gitana húngara. Bebió tanto vodka y zumo de naranja que esa noche le quemaba la piel como si la hubieran abandonado tumbada en la arena del desierto.
Vamos los tres contentos agarrados del brazo. Ha venido mucha gente, ¿verdad? Exitazo, sí, señor. Estaba su mujer y su niño. Pero se retiraron pronto porque el niño no paraba de toquetearlo todo, y la esposa se fatigaba. No es artista, no le gusta la juerga ni entiende de filosofía. Vino, saludó, hizo acto de presencia. Cumplió y ya. Me parece demasiada mujer para lo que es Román, que no ha conseguido mucho más en la vida.
Tiene algo con Serena, me da esa impresión. Y su padre, el viejo verde. Me descubrió en el zulo y estuvo consolándome con el brazo por la cintura y me invitó a una copa, dándome bocaditos de foie gras como si alimentara a un pollo. Y luego sentados todos en la mesa debatiendo sobre arte y filosofía, rodilla con rodilla. Román y Serena tan juntos. Y cuando todo terminó, bajamos las escaleras de piedra blanca y nos introdujimos felices y despreocupados por el laberinto de aligustre. Paseando los tres por los setos de boj, de la mano, borrachos perdidos.
Serena estaba muy sofocada (bebida) y quería meter los pies en la fuente, como en las películas. Acabamos en el apartamento de ella. Yo dije que me iba al hotel, aunque perdí la noción del tiempo y no me importaba, la verdad. La noche era joven y yo había vendido el collage a su padre. Qué menos que tomar la última con Román y Serena.
La instalación de Serena fue un éxito, como te digo, eso creo, al final consiguió llamar la atención. Los berridos se oían por todo el palacete. “Oh fuck you, racists!” era lo que gritaba en la cinta. Yo estaba ocupada despegándome del viejo verde, y luego en la charla, con las rodillas pegadas. Los tacones me estaban matando y pensé: a la mierda. Corriendo para coger el coche con los pies en carne viva. No, Román no tiene coche.
Román, le mec, el pendejo. Con el pelo canoso y las mejillas hundidas. Si tenía diez años más que ella por lo menos. Qué carajo había visto en él. Pues lo de siempre, un chuloputas. Con pase a la galería, colocarla entre las mejores artistas de su generación. De artista emergente a consolidada. Yo que sé qué fantasía de paso al siguiente nivel. Vaya puta mierda.
Siempre me pasa lo mismo, tengo líos que yo no sé por qué lo hago. Estaba bebida. Bebía todo el tiempo, mañana, tarde y noche para aguantar las horas pintando cuadros de esa envergadura. Y es emocionante esperar sus mensajes, ir saltando de idea en idea. Las frases lacónicas que me suelta son el título de un cuadro, las posturas salen solas, flores, frases, textos encriptados, bromas personales. ¿No es excitante? Lo es. Tan apasionante como el mismo hecho de pintar.
El olor a aguarrás lo ha asociado al olor a sudor de Román, cuando se pone nervioso suda mucho. El pendejo. Le mec. No es para tanto. Sé que está casado, y que se tira a todas éstas. Sin embargo, mira los títulos de estas obras, pura poesía. BWF. Be wild, and fuck. Son como haikus.
Aspecto avejentado. Fuman fuera con una copa de vino tinto en la mano, Serena tan pálida con vestido de color crema. Sarah con una tela negra de pingos desiguales que dejaba ver sus muslos mientras se deslizaba fuera y le cogía a Román el cigarro y chupaba donde había chupado él. La mira, se aleja. Saca otro cigarro y lo fuma apartado. Sarah, por favor. Nos pueden ver, dice.
Sarah bebe vino rojo y se tiñe del mismo color los labios, los carrillos. Pfff. Bah. Le desprecia. Le clavaría un cuchillo en el centro del esternón por cabronazo.
Desde las grandes cristaleras pueden ver el interior. Está su mujer y su hijo, fundamentalmente. Están los artistas, profesores de arte, curadores, dueños de galerías, los mksdhgvfbjkws… el maldito fotógrafo… Sarah habla con lengua de trapo. Debería comer algo o se desploma sin más sobre alguien. Se reajusta el vestido. Intenta mantener el equilibrio de todo el conjunto, ella misma, la dignidad. Pero qué asco todo. Y todo porque le ha dejado exponer unos collages inocuos. Los grandes desnudos rojos fueron rechazados, los pinchos. La idea, sólo paisajes abstractos que representan su alma abstracta y ambivalente.
Las flores violetas flotan como vapor ante sus ojos. Le lloran los ojos. Serena le dijo que se llamaban jacarandas. Y ella es la urbanita ignorante. Un perro es un perro y un árbol es un árbol y un cardo no es más que eso.
La insulsa Serena, tan pálida y enarbolando sus video-performances reivindicativas. Su rostro impertérrito. Chica educada, vocecita dulce. Habla tan bajo que Sarah no la oye o está sorda, tanto beber, deja algo para los demás. La pavisosa demuestra más sensatez que ella simplemente estando ahí de pie, mojando los labios de vez en cuando en la copa. Pero eso fue al principio, luego la cosa se animó y tenían mucha sed. Hacen fotos. Entrelazan las manos, y sonríen al flash. Con Román, con un periodista, el padre de Román. Uno que pasaba a su lado se hace un selfie con ella.
Por eso se sorprendió cuando se encontró entre Román y Serena en un taxi, muslo con muslo, ella acariciándole la rodilla y apoyándose en su cuello, riendo no sé qué gracia. Pasando su lengüecita por la clavícula, como suspirando. Alguien dijo un chiste y Serena se derretía contra su piel. Román fumaba sacando la mano por la ventanilla, con sus anillos y sus pulseras de cuerdecitas y madera y sus rosarios. Serena parecía otra, pareció despertar. Su tono de voz subió, y reía genuinamente de algo que sólo ella comprendía. Sarah se reía a carcajadas igualmente, sólo porque la risa era contagiosa. Román con media sonrisa, indicaba la dirección al conductor. ¿Adónde vamos? ¡A quemar la ciudad! Gritó Sarah. Llévame a bailar.
Serena, Román y Sarah
Román es animista y nos estuvo contando historias de demonios, ouija, mordiscos de bruja, espíritus… Hicimos el juego de las tijeras, fue una chorrada, por pasar el rato, sentados en el salón de Serena. Uno tras otro invocamos a Verónica.
A Román una vez le mordió una bruja y no recordaba haber dormido con nadie en esa época. Ocurrió una noche, antes de casarse con su mujer. Trabajaba de lavaplatos en un restaurante y estudiaba francés en una academia, en París. Se limitaba a trabajar, estudiar y dormir. Pero una mañana se levantó con un mordisco de bruja. Serena se burló: Mordisco de bruja, dices. Y se inclinó y le mordió en el cuello.
“¡Quieta! Te juro que no dormí con nadie en esa época, estaba demasiado cansado, sólo quería llegar a la pensión y dormir.”
Desde entonces lleva un amuleto que a simple vista parece una pulsera de cuerdecitas, pero se trata de un amuleto contra las brujas y sus mordeduras. Sirve para todo, para el mal de ojo en general.
Cuando llegó mi turno con las tijeras, balanceamos el metal entre Román y yo. Invoqué a un vecino que se había ahorcado en nuestra casa, bueno, el piso contiguo, un hecho que recordaba de la infancia. Un hombre de mediana edad, toxicómano, según decían. Le había abandonado la mujer y no atendía las llamadas. Los bomberos forzaron la puerta una mañana, entraron por una ventana que daba a nuestro patio. Invoqué estos recuerdos.
No sé, supongo quería saber dónde estaba el alma de ese pobre hombre. Por qué no. Hacer brujerías me parece un pasatiempo tan bueno como cualquier otro para relacionarse y dejarse llevar por la curiosidad de un recuerdo horrible de la infancia. Preguntar a los espíritus qué había sido del vecino, por dónde pululaba su alma atormentada.
Lo siguiente que recuerdo son los calzoncillos blancos de Román, tan blancos que relucían en la penumbra de la habitación. Serena tiene el vello púbico oscuro. Él roza sus genitales con la mano de la pulsera contra el mordisco de bruja, y se acomoda en su regazo. Es blandita y muy falsa. No es rubia natural. Tiene la piel tan blanca…
Cuando el sol me dio en la cara y tuve consciencia del lugar donde me encontraba, noté que la piel me ardía como si se me hubiera pegado la piel en la arena ardiente del Sáhara.
…
De vuelta al hotel, a medio día, Sarah teclea un wasap a Rocío sentada en el baño. Se ha quitado el vestido que es una bola sudada que apesta a vino a sus pies. Escribe cansada, casi sin ver, deprimida y estúpida, una retahíla de pensamientos todos seguidos y todos sentidos y todo es verdad.
Querida prima.
Nos vemos en Baires. Tengo muchas ganas de ver a tía Rita. Echo de menos al tío Rodolfo. La vida es dura. Tengo tantas cosas que contarte. Te echo de menos, muy pronto estaremos juntas, no entiendo por qué nos empeñamos en vivir en ciudades diferentes, no me hagas esto, quiero a mi tita, quiero a mi tito. Por lo menos tu madre no es una zorra como la mía, la odio, qué sola debes sentirte sin tu papá. Llego a Buenos Aires. Te veo muy pronto. Te abrazo. Todo irá bien.
Amor,
S.
--
…
Este relato de café es una historia de ficción. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
Continuará….






" La vida del artista es un lujo" dices.. jojojo.. ¡Qué bien se lo pasan!
¡Alucinante! El mejor capítulo hasta ahora, y sabés que no exagero. Menos mal que aclarás que cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia, porque estas cosas le pasan a cualquiera. Aunque no cualquiera las narra e ilustra como vos.
¡Gracias por apropiarte de esta historia!